¿Por qué es importante el cine?: Ideas y reflexiones sueltas para hacer un aporte

Por Ernesto Millán.

Imagen de la película “Diva Dolorosa”, documental de Peter Delpeut del año 1999. En ella se muestra como algunas películas de principios del siglo XX repetían y enfatizaban estereotipos alrededor de la mujer de “vida liberal” contemplándola como pecaminosa, a pesar de que servia como placer a la fantasia masculina.

La creación de la revista de Cine Umsa es una gran ocasión para pensar el cine en todas sus vertientes y en toda la vasta cantidad de significados que nos pueden ofrecer tanto películas individuales como la visión de esta industria y de este arte como conjunto. Pero me parece que una buena manera de empezar con ello es hacerme una pregunta que me parece vital para entender la fascinación que este arte provoca en mucha gente: ¿Por qué es importante el cine?

Mi objetivo es responder es responder esta pregunta desde mi perspectiva personal y de reflexiones que he ido reuniendo gracias a ideas propias, lecturas y enseñanzas varias que he recibido de mucha gente.

¿DE QUE MANERA NOS INFLUYE LA IMAGEN?

El cine nace en 1895, en Paris, Francia (no nos pongamos quisquillosos con que “si nació en Berlín dos días antes o dos días después”) Patrocinado por los hermanos Lumiere, que pronto lo dejan para fijar su atención en otros inventos, juzgando al cinematógrafo como un invento “sin futuro”. La historia muy pronto haría lo contrario a darles la razón.

Dos hombres, un francés y un italiano, con intenciones opuestas y mentalidades diferentes, inscriben su nombre en la historia al lado de aquel misterioso aparato. Charles Pathe y Riccioto Canudo. Pathe es aquel que será reconocido a futuro como padre de la industrialización del cine. Canudo, como aquel primero que ha reconocido al cine como arte. En aquellos tiempos en los que ambos emprendimientos se hubieran visto como un tira y afloja, como una competencia por ver cuál de los dos reiría al final, lo que más se esperaba era justamente eso: que el cinematógrafo evolucionara para ser un arte y Pathe entrara en bancarrota, o que fuera un éxito comercial y Canudo tuviera que tragarse sus palabras.

Lo verdaderamente sorprendente y revolucionario fue que al final del día, ambos tuvieron razón. El cine pudo encontrar su lugar como arte y también como industria, y todavía más, como industria de masas. En un mundo artístico en el que el arte solo podía ser contemplado y apreciado por las clases altas, y el término “arte” tenia de por si connotaciones fuertemente elitistas, en cuanto se necesitaban recursos y educación para hacerse e inclusive para apreciarse, esto fue un golpe.

Hay cine de vanguardia, hay cine experimental, hay cine de autor. Pero de entre todos estos, siempre resalta por lo universal y por lo público, el cine como producto de masas. ¿Por qué es importante recalcar esto?

Primero volvamos a un elemento comunicacional: la imagen es un lenguaje mucho más directo y mucho más efectivo para transmitir un mensaje concreto que la propia palabra escrita y esto tiene una razón: el lenguaje escrito depende por lo general de la utilización de la abstracción del lector para poder recrear la imagen que aquello que está escrito pretende dar. La imagen ya es por sí misma, contundente y directa, y con la influencia correcta es capaz de dar los mensajes que necesita dar el emisor. (Bushman, 2012)

El cine es industria, es imagen y al final del día es cultura. ¿Cómo se ha ido expresando esta verdad a lo largo de los años de su existencia?

El cine como arte de masas que es, condiciona la manera en la que percibimos y vemos la realidad. Fue, durante el siglo XX, el instrumento cultural por antonomasia que refleja y reproduce estas particulares visiones de la realidad, como ningún otro instrumento había podido hacerlo hasta ahora. Ejemplo de esto es la famosa anécdota de Marcel Mauss

“En sus Técnicas del cuerpo de 1938, Marcel Mauss cuenta una anécdota. Recuerda una estadía en un hospital de Nueva York entre las dos guerras mundiales y la forma de caminar de las enfermeras: ¿Dónde había visto esa particular forma de caminar? Al volver a Francia se dio cuenta que las parisinas habían adoptado esa misma manera y allí se percató que era por la presencia del cine norteamericano que en Europa las mujeres estaban caminando como las norteamericanas.” (Merlo, 2017)

El cine es entonces también un regulador de conductas. Es capaz, gracias a la inmediatez de su potencia visual ponernos al tanto de cualquier tipo de realidades habidas en cualquier parte del globo, tanto como encerrarnos en un solo modelo de conducta.

Antes de la aparición del cinematógrafo y de las vanguardias artísticas, todo lo que se representaba visualmente era carente de movimiento, o, mejor dicho: recurría dentro de su lo estático a imitar el movimiento de los representado. Cuando un artista visual tenía que elegir representar algo visualmente tenía que recurrir a elegir un “momento ideal” aunque no necesariamente fuera verosímil.

Estudiar algo, aunque sea un poco, de cine o de la cuestión de las imágenes en nuestro día a día es importante en tanto y cuanto nos permite desentrañar aspectos de la realidad que antes pasaban desapercibidos ante nuestros ojos. Lo es todavía más, si tenemos en cuenta que fue a mediados del siglo pasado cuando la imagen se volvió cada vez más industrial y empezó a dominar cada esfera de nuestra vida, sea en forma de cine, sea en forma de televisión, sea en forma de publicidad.

El cine, y como un todo entero, el régimen de imágenes en el que vivimos es tremendamente paradójico: Porque la cámara, a pesar de que es capaz de captar la realidad y de destruir prejuicios y preconceptos como ningún otro aparato lo ha tenido en la historia, también puede ser el reproductor de estos mismos de una manera tan expansiva, numerosa y profunda.

Y no creo que esta es una contradicción que deba preocuparnos, sino darnos el potencial de explorar nuevas vetas creativas.

Referencias

Bushman, B. J. (20 de Julio de 2012). Psychology Today. Obtenido de Learning Through Visuals: https://www.psychologytoday.com/us/blog/get-psyched/201207/learning-through-visuals

Merlo, A. (2017). Introduccion. En A. Merlo, Los útiles y los inútiles: Presencia y visibilidad de los objetos en el cine (pág. 354). Colombia: Universidad de los Andes.

El cine boliviano es malo

Por Cybèle Verazaín Zuazo.

He escuchado ese juicio tantas veces, y para ser sincera, lo dije alguna vez. Claramente sin conocimiento de causa; llena de parámetros impuestos sobre el concepto de una “buena” película. El calificar de buena o mala una película se puede hacer desde diferentes cualidades y cantidades.

En primer lugar, se encuentra la retribución financiera. Si la película que hemos hecho es taquillera lo traducimos como una calificación buena, un principio lógico a primera vista, pues es simple: si a la gente le gusta entonces venderás. Separándonos un poco de los conceptos mercantilistas, me parece importante tener en cuenta que para entrar al mercado las películas tienen que responder a estructuras para llegar a ser taquilleras. Un círculo vicioso, ¿no? Estas estructuras responden a parámetros creados por la misma industria cinematográfica que “aseguran” una venta exitosa de la película, es decir, aseguran una buena película. Entonces hablamos de un público homogeneizado que está siendo constantemente formado para consumir un cierto tipo de productos y rechazar obras que no encajan en las estructuras impuestas para contar una historia: Presentación de los personajes, se define cual es el héroe, aparece el conflicto, el villano, se genera un romance, segundo conflicto, desenlace. Es por eso que las películas nos resultan previsibles.

Pero entonces ¿Cómo saber si una película es buena?

Para mí es algo más fácil responder a esta pregunta: ¿Te gustó la película o no?, además de parecer un poco más adecuada.

Es difícil calificar arte como algo bueno o malo, porque los que definen que una obra es buena o mala son los críticos, a quienes no critico, pero tienen una formación profunda y teórica sobre el arte: la historia, las olas que han acompañado el proceso evolutivo del arte y por lo tanto son personas “capacitadas” para definir si una obra es buena o mala. Poco absurdo, ¿no?

Tomamos como parámetros una crítica construida para darnos un panorama un poco más extenso con teorías ya escritas. Pero esto no significa que invalide los comentarios que podamos tener sobre una película. El arte es totalmente subjetivo, desde la realización hasta la recepción de las obras. Uno hace arte a partir de una necesidad visceral y cuando trabajamos en una obra de arte ponemos en ella nuestra vida entera: nuestras creencias, miedos, amores, concepciones de la vida, ideologías, gustos.

El proceso creativo de una obra de arte es mucho más complicado que un bosquejo o líneas narrativas. Los niveles comunicacionales que manejamos al hacer arte, especialmente en el cine, van mucho más allá de nuestro entendimiento racional para implantarse en el subconsciente.

Yendo al grano, el entendimiento de una obra de arte es subjetivo y varía de espectador a espectador, entonces no podemos calificar de “buenas a primeras” una obra dentro de esa dicotomía que claramente no toma en cuenta la complejidad que envuelve crear un filme. Calificar obras debería regirse más por el cómo nos hace sentir, si tiene congruencia con la forma en la que fue hecha, los detalles al ser exhibida y finalmente si nos gustó. Es tan simple como eso, porque el arte es eso: es sentir y hacernos sentir. No una línea de narrativa clásica, ni prototipos, ni la “aventura del viaje de héroe” hechos meramente para vender y no para contar una historia.

Además de eso, como cine que se desarrolla fuera de una industria cinematográfica, que es en la mayoría de los casos la situación del cine en los países latinoamericanos, luchamos contra un mercado construido para las películas con financiamiento que permita pagar más tiempo en cartelera, adquisición de equipos de última generación y contratación de un equipo humano gigante en comparación a las producciones medias que tienen las películas bolivianas y latinoamericanas. Se convierte en un monstruo con el cual es muy difícil luchar por un espacio en la cartelera, programas de televisión y, aunque las plataformas de streaming rompan de cierta manera esas brechas, la gente quiere ver la película de moda, de la que todos hablan. Por lo tanto, si este cine comercial termina siendo el único cine que consumimos; ¿Dónde queda nuestra formación como espectadores? ¿Cómo sabemos qué nos gusta si no conocemos otra cosa?

Ocurre que nos llegamos a perder en la homogenización del público y terminamos sin reconocernos. La mayor parte de las películas que consumimos no responden a nuestra realidad y generan un desconocimiento hacia nosotros mismos y el ambiente en el cual nos desenvolvemos. Este es el punto en el cual comienzan a surgir frases como: “la gente va al cine para distraerse y no para sufrir”, disfrutamos de ver otras historias y realidades, diferentes a las nuestras, que no es malo y en realidad nos da un amplio panorama de un mundo más ancho. Pero si todas estas historias están hechas con la misma receta, ¿De qué realidad hablamos?

El cine es el arte en el cual nos vemos reflejados, como un espejo, donde podemos descifrar la sociedad, sus males y los procesos históricos. Es por eso que el cine boliviano y el Latinoamericano, nos ayudan a reconocernos con nuestros orígenes, pasado, presente y quizás hasta poder prever un futuro. Esta realidad no es necesariamente triste, puede ser una realidad de conflicto social como un drama de una familia en un barrio popular o un encuentro entre familias de diferentes clases sociales en medio de un conflicto económico-social. Las posibilidades son infinitas y esa es la riqueza de nuestro cine, un cine auténtico hecho desde lo visceral y esa necesidad insaciable de contar historias.

Necesidad que a duras penas logra vencer los obstáculos que conlleva una producción cinematográfica de bajo financiamiento.

Con todo lo expuesto, la última película que viste ¿Te gustó?

Cuánto cuesta hacer animación en Bolivia

Por Nelson Lima Villamil

intento de animador boliviano/ Estudiante de Cine UMSA.

Emeterio (https://www.youtube.com/watch?v=lxxVqHi_uBo), la primera animación boliviana de la que se tiene registro, data de 1961, es decir que hace más de medio siglo tenemos la capacidad de crear secuencias animadas cortas. Es lamentable que el panorama, a pesar de los esfuerzos, muy poco ha cambiado.

Actualmente la animación boliviana está recluida a pasar por festivales y/o concursos cuyo público está reducido a otros artistas de otras ramas, los jurados y unos (con suerte) cientos de personas que de casualidad observan los resultados del esfuerzo y devoción de algunos artistas. Sin embargo, la mayoría de la producción animada boliviana subsiste en los medios de comunicación masiva en forma de publicidad, donde de vez en cuando 30 segundos pueden demostrar un florecer de nuevos estilos y nuevos talentos, o ser un par de horas y una plantilla bajada de internet.

Una mirada al exterior Es importante recordar que en estos 70 años de historia la animación ha tenido también sus pequeños hitos, marcados por artistas sobresalientes o por esfuerzos en talleres y colectivos. Tales son los casos de:

Jesús Pérez (https://www.youtube.com/watch?v=09Sl1M7PV-o), el cochabambino que desarrolló una técnica muy prolija realizando trabajos para la revista Chasky, allá por los años 70, y que luego pasó a formar parte del plantel docente de una reconocida escuela de animación en Europa. Dejando así “huérfana” de alguna manera a la animación de nuestro país y, aunque se llevaron a cabo algunos esfuerzos de talleres formativos en pequeñas productoras o con el apoyo de la academia nacional de bellas artes (entre otros), muy pocos nuevos valores se agregaron a la historia de la animación en Bolivia.

Jorge Cuellar (https://vimeo.com/42049302), cruceño que llegó a animar para varias distribuidoras importantes de Latinoamérica (Nickelodeon, Disney, etc.), y que emigró a Argentina, donde sigue trabajando y desde donde brinda talleres a distancia, es especialista en diseño de personajes y animación 2D.

Miguel Ángel Salek (https://vimeo.com/18810554), cruceño que trabaja en grandes producciones hollywoodenses (Spider-Man, Avengers, entre otras) como artista de efectos especiales y que, en repetidas ocasiones, ha ofrecido dictar talleres junto a productoras de Santa Cruz, pero que hasta ahora no se hacen efectivos.

Mauricio Ricaldi (https://vimeo.com/383448715), cruceño formado en Canadá, quien también trabaja para la gran industria como compositor y rotoscopista, fue encargado de una gran mayoría de las imágenes 3D de las redes televisivas del país.

El factor común entre estos cuatro mencionados, que son parte de un grupo selecto de bolivianos que en realidad decidieron dedicarse a la animación, es que sus miradas tuvieron que virar hacia países con mejores oportunidades de producción y distribución, pues quedarse en Bolivia sugiere un ritmo de sacrificio continuo que muy pocas veces, si no es que nunca en vida, es reconocido. Tales son los casos de:

Iván Castro (https://www.youtube.com/watch?v=0BkaGb-1WYk), paceño con gran pasión por la animación cut out, es quizás el más activo en nuestra ciudad en cuanto se refiere a talleres y encuentros. Es gracias a su esfuerzo que en Bolivia se festeja el 28 de octubre el día internacional de la animación.

Nicobis (https://www.youtube.com/watch?v=JeQfkfKAlcQ) fue un referente de la animación en Bolivia en los 90s, sin embargo, así como apareció gradualmente, su producción animada fue desapareciendo.

Estos, como ejemplos, son solo la punta del iceberg de la cantidad de gente joven que crea pequeños estudios de animación en Bolivia y que, poco a poco, terminan produciendo publicidad o desapareciendo en el intento de producir algo más fílmico narrativo.

Sobre los últimos veinte años podemos decir que un hito importante fue el cortometraje “La abuela grillo” (https://www.youtube.com/watch?v=AXz4XPuB_BM), que es un cortometraje de animación fruto de un taller que llevó 8 becados a Dinamarca, al Animation Workshop. Este corto merece un artículo por sí mismo, fue parte de un interesante proyecto que era la réplica del taller acá en Bolivia que permitiese más producciones animadas. Lastimosamente esto nunca se dio.

La publicidad es un oasis Esta triste realidad nos lleva a analizar el único lugar donde la animación se mantiene viva constantemente en Bolivia, la publicidad. Como mercado y como mercado boliviano literal, porque aquí hay una guerra entre proveedor y comprador, entre – Rebájame pues – y – No, así siempre cuesta-.

Lo bueno: es un mercado que estimula una constante innovación y puede financiar los proyectos animados.

Lo malo: es muy raro un proyecto de largo aliento y, por lo general, el cliente tiene toda la potestad sobre las decisiones estilísticas y narrativas.

Lo feo: la competencia entre productoras desvirtúa la calidad de los productos en el afán de elevar la eficiencia. Los animadores se ven obligados a cumplir tiempos ridículos de entrega: cuando en una verdadera industria se entregan 6 a 12 segundos por semana, acá en Bolivia no es nada raro tener que producir 30 segundos en 3 a 4 días. Esto se refleja en la minúscula porción de animación interesante que podemos ver en medios y también en el desencanto de muchos artistas hacia este hermoso arte.

Para concluir, quiero agregar que, a pesar de este panorama lúgubre, cada día existen más voluntades listas para entregarse a proyectos animados, falta un espacio para poder compartir esas ideas y emociones. Falta un poco de organización y puede que, en un futuro no muy lejano, veamos otro hito importante para nuestra ya bastante vieja historia de la animación en Bolivia.

El Cine Boliviano en tiempos del coronavirus

Por Pedro R. Huayllas.

Foto de engin akyurt para Unsplash

El virus COVID 19, causante de la pandemia extendida ya en el mundo, tiene alrededor de 2.561.044 infectados a la fecha y ha cambiado el curso de la historia. Las medidas de seguridad sanitaria como el enclaustramiento, la cuarentena y las restricciones sobre los espacios de aglomeración, afectaron y seguirán afectando, a mediano y largo plazo, el modo de consumo de las producciones cinematográficas.

Las salas de cine en Bolivia y en el mundo, ya no son seguras, los espectadores que deseen asistir al cine, también deberán estar conscientes del riesgo al posible contagio del COVID 19. Esto nos podría recordar a las conocidas historias de los nickelodeons del cine de los inicios en los 1900; los relatos de la época afirmaban que los incendios de estos lugares eran comunes, así también se sabe que muchos de sus espectadores terminaban enfermos por el insalubre ambiente de estos espacios. Más allá de ser lugares de fascinación, los nickelodeons eran lugares que solo la temeraria clase obrera osaba frecuentar.

En estos tiempos de coronavirus, es evidente que los negocios de espectáculos masivos de todo el mundo van a tener que adaptarse de alguna forma para seguir siendo redituables. Pero, por otro lado, se hace más evidente que nunca que las nuevas formas de consumo de películas, como lo son las plataformas de streaming (Netflix, Disney+ o HBO GO), o las ventas y descargas digitales legales o piratas, ganarán amplio terreno. Ver películas por internet conlleva los beneficios de la comodidad, y ahora también, de la seguridad del hogar.

En general, las películas bolivianas ya han migrado al internet. Incluso, muchas producciones nacionales recientes nos han acompañado en nuestros refugios de auto enclaustramiento y han podido ser visionadas por muchos de nosotros en alta calidad y de manera gratuita durante el inicio de esta cuarentena. Esto demuestra que las películas bolivianas son consideradas por la audiencia como verdaderas alternativas de entretenimiento, es más, el espectador nacional exige ver cine boliviano. El mercado está ahí, y es necesario desarrollar nuevas formas de distribución de las obras cinematográficas que se adapten a la coyuntura y que logren conectar al público con su cine.

Aún no se populariza una plataforma streaming que abarque la distribución exclusiva del cine boliviano, ni existe un espacio virtual que difunda las diferentes obras nacionales subidas a las redes, pero estas empresas son factibles. Nuestro cine ha estado restringido a la exhibición en escasas salas donde compiten con Hollywood, o en esporádicos acontecimientos sociales de cierta exclusividad, lo que ha generado una cierta apatía de su público. Tampoco coadyuva la piratería, que solo genera en el espectador una culpa inconsciente al consumir lo nacional de la peor forma. Pero los tiempos ya han cambiado y las nuevas plataformas deben ser apropiadas a la brevedad, de manera oportuna y consistente, dándole toda la legitimidad al espectador sobre su consumo. El cine boliviano debe ser popularizado, discutido y analizado, solo de esta forma, se generará el diálogo necesario para que nuevas visiones y nuevas obras surjan. El momento del streaming es ahora y esta pandemia debe ser un punto de inflexión para terminar de decidirnos por nuevas formas de distribución.